jueves, 10 de septiembre de 2026

Me ha sentado mal el desayuno

Me levanto y desayuno mientras leo la prensa. No es tan rara esa falta de entendimiento de cómo se ha podido llegar a lo que, según dicen las noticias, finalmente ha sucedido. Me pasa muchas veces que no aprecio bien la continuidad del efecto con una causa que parece estar oculta y a la que busco para que haga ese efecto al menos verosímil, ni siquiera razonable. Me voy dando cuenta de que hay aspectos de la realidad que se me escapan. Vivo en el mundo, claro que sí, pero mis sensores o bien son de corto alcance o bien están aletargados. No consigo concebir qué clase de mente actúa en los autores de esos actos tan incomprensibles. No es que no los admita, tampoco me indignan ellos, no es una cuestión moral, más bien me dejan perplejo. Encuentro muchas, demasiadas, actuaciones delirantes y, además, eso sucede a todos los niveles, en todas las clases sociales, desde los altos ejecutivos a la gente de menor relevancia. Procuro seguir atento a las reflexiones de algunos observadores críticos, por si me ofrecen alguna luz. Me refiero a personas de buena cabeza, ésas a las que antes llamábamos intelectuales. Sin embargo, hoy parece que su audiencia y su capacidad de convocatoria están de capa caída. Buscando explicación, imagino que, con el auge de la intelectualidad artificial, el tono humano y demasiado cercano, que de algún modo imprimían a sus escritos y declaraciones, introduce emociones sospechosas y por eso está en riesgo de desaparecer. Y en ese tono humano incluyo también los errores, errores que la inteligencia artificial, señora y dueña de los patrones del bien pensar, se encargará de corregir. Habría mucho que decir sobre los errores, porque la lógica puede apurarnos hasta el abuso, pero pretender que estamos ante una herramienta intelectual que carece de punto de vista es tan ingenuo como suponer que carece de dueño. Más que obtener reflexiones y optativas, deberemos acostumbrarnos a recibir de ella instancias más o menos imperativas y llamamientos a ejecutar las decisiones que nos ofrece. Es cuestión de acatar su autoridad. Se nos aconsejará que no dudemos de su «criterio», pues sus soluciones se nos entregan sobre un indescifrable colchón de datos, traídos de aquí y de allá, a conveniencia de algún algoritmo teledirigido desde la oscuridad. En medio de todo este entramado, que es parte sustancial del mundo en que vivo, me siento como un superviviente del siglo pasado, alguien que se ha visto desplazado a un nuevo siglo en el cual cada vez son más las cosas que no consigue asimilar. Cuando encima compruebo que son de mi quinta o superiores los que llevan la batuta, bien sea como políticos o como dirigentes sociales, entro en profunda crisis y me pregunto cómo, partiendo de parecidas coordenadas históricas, han podido ir a parar a un punto que empiezo a ver como la antesala de la locura. Lo sé, hablar de locos es un recurso argumental endeble. También sé que, si hablamos de conducta, la normalidad es un concepto bastante quimérico, algo que sólo tiene refrendo en la estadística, pero me conformaría con que las anómalas ilusiones predicadas por todos esos que van en cabeza no nos hicieran a todos los demás descarrilar. Si, a través de su autoridad, toda nuestra confianza acaba depositada en la magia de datos, nubes y algoritmos providenciales, vamos apañados.

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