domingo, 31 de mayo de 2026

Epifanías

Nadie sabe bien por qué las palabras dan vida, pero parece hecho probado. Nadie las tiene por nutritivas, si acaso son alimento metafórico. Todos sabemos que, al ser inmateriales, carecen de cualquier componente orgánico, pero eso no las hace inefectivas. Es algo que sorprende, el hecho de que sin mediar materia alguna sean causantes de efectos notables en el cuerpo. Realmente son sonidos, pero, salvado el oído, esas voces no parecen interesar al cuerpo sino a la mente, al espíritu o a lo que quiera que funcione por ahí arriba. Esa entidad interna, tan etérea que se resume en un amasijo de conexiones neuronales, ha resultado ser claramente susceptible a las palabras. En cuanto salimos de la física, siempre un poco pedestre, y nos vamos por los caminos de la fisiología no nos es fácil entender en qué modo o con qué alcance consiguen manifestarse desde ahí dentro. Respecto a lo de dar vida con ellas, puede que sea un objetivo bienintencionado, pero resulta algo exagerado. No conozco a nadie que sea capaz de resucitar a su Lázaro con una simple orden para que se levante. No obstante, todos tenemos presentes ocasiones en que las palabras han provocado emociones bien visibles y beneficiosas además. Aunque, por la misma vía, también podemos decir que las palabras pueden ser lesivas. Pensemos en los insultos, las calumnias, las maledicencias que se cuelan como cuchillos si encuentran terreno propicio. Por desgracia, sabemos poco de cómo levantar escudos emocionales frente a esa clase de metralla y de cómo hacer que esas palabras nos resbalen y se pierdan sin hacer daño. Si vamos al lado positivo y nos fijamos de nuevo en la receptividad, nos asombrará ver que algunas se nos rinden como favores. En su entrega nos consiguen despertar, siempre y cuando den en el blanco, estímulos casi olvidados. Llegan incluso a manifestarse en nuevos gestos, ademanes y hasta en rasgos del propio rostro, es decir físicamente. Puede considerarse, por tanto, que promueven una suerte de epifanía en la que se ve a su dueño renacer. Epifanía, creo haber dado ahí con la palabra correcta. Me gustaría ahora volver con ella al comienzo y reformular aquella mi primera afirmación. Destacaría esta vez otra clase de ignorancia menos dramática y me preguntaría cuál es la causa de que nadie sepa bien por qué las palabras causan esas epifanías. No es que con ellas se recree la vida, sólo se la reorienta para que apunte a algún fin estimable, o cuando menos saludable. Leía hoy mismo que, en cierto modo, en el fondo la vida se reduce a una serie intermitente de estas epifanías, que aparecen intercaladas como irrupciones en el curso monótono del tiempo. Todos tenemos la sensación de que esa monotonía, sobrellevada mediante la rutina cotidiana, es la que hace que se vaya oscureciendo en uno su curso vital. Y a falta de luz, sobreviene el desconcierto, en un momento en que más que susceptibles nos volvemos vulnerables frente a las palabras, a las que vemos adquirir dimensiones desmesuradas y un tono no pocas veces dañino, por injurioso o por fatalista. Cuando este desconcierto llega, no basta con el escueto consejo de siempre, el de a palabras necias oídos sordos. Convendría extenderlo a una amplia gama de palabras que además de necias resultan insidiosas, falsas, exageradas, malvadas... Como ese flujo de palabrería malsana es inevitable, sería bueno para contrarrestar prestar oído a aquellas palabras que, sin sacarnos del raíl, nos permitan levantar la vista y disfrutar del paisaje humano, de la vida en definitiva, y esperar a que, gracias a ellas, se produzca una estimulante epifanía.

viernes, 29 de mayo de 2026

La cosa

En su reciente ensayo The Labour Party Is Playing With Fire Over Its Future and the Future of the Country, el exprimer ministro de Gran Bretaña, Tony Blair, afirma: «No tiene ningún sentido debatir si esta revolución tecnológica es una cosa buena o mala. Simplemente, hay que saber que es una cosa. De hecho, es ‘la cosa’... Las empresas y los países triunfarán o caerán por ella. Revolucionará el sector privado y debe revolucionar a su tiempo los servicios públicos y el Gobierno».  En otras palabras, la tecnología está por encima de la ética y esa «cosa» tan opaca es la que regulará la economía tras la inminente revolución. Aún estábamos resistiéndonos al gobierno soberano del mercado y hete aquí que aparece ahora la «cosa». La verdad es que estoy curado de espanto con estas «cosas» y, sobre Blair y similares, ya no tengo sitio en la cabeza para más escándalos prefabricados a fin de saltar a los titulares. Como además no consigo ver ningún argumento, para mí esa cosa entre comillas sólo es merecedora de presentarse como título-gancho de alguna de esas películas de terror de la serie B. Sí, esas en las que la «cosa» pretende devorar cuanto se pone a su alcance sin discriminar entre el bien y el mal. Vamos, como ésta de Blair. A lo que más se parece, si uno lo piensa, es a lo del dragón. No estamos a salvo de sus llamaradas y todavía está por aparecer algún san Jorge, pero confío en que con el tiempo se le pondrá remedio. Y luego está lo de la revolución. Por haber asistido a otras grandes promesas inminentes y revolucionarias, soy escéptico y desde luego no me fío un pelo de sus predicadores actuales, llámense Blair, Musk o Thiel. Con lo que llevamos visto, son gente que cree tener en su mano el control de la masa de población (ellos ven eso, masa) y, por esa razón, no ven la necesidad de responder ante algo tan informe ni de repartir los beneficios de su tecnología. Igual es momento, pues, de renunciar a su tutela y pensar en revolucionar su flamante y absorbente tecnología, o de decir sencillamente «con su pan se lo coman».

La palabra dócil

Si la palabra que estás pensando es palabra dócil, suave, dulce, melosa, empalagosa, nada dirá, ni significará, ni revelará, ni conseguirá, ni valdrá de nada si no le añades una pizca de revulsivo, de ácido, de mordiente, si no la afilas con un aguijón incisivo, alusivo, provocativo, definitivamente inquisitivo, del que no esperas que inflija daño a su oyente, al que confías encontrar simplemente atento, despejado, receptivo y sobre todo digno de la estimulante palabra que le ofreces.

jueves, 28 de mayo de 2026

Pero no se irán, no

Ellos no se fían de nosotros, la gente, somos chusma engañada al fin y al cabo, y han decidido partir hacia la Atlántida lunática. Para su despedida han encargado a sus poetas un elegíaco himno de mal augurio: «Desde el fondo del océano llegarán las olas y su rumor arrullará al crepúsculo inevitable. Ahí siguen los vigías, contemplando pasmados el agónico espectáculo, asomados al último faro de Occidente, desoyendo, mientras esto sucede, los sonidos cada vez más marcados y penetrantes provenientes de las tierras de Oriente.»

El espejismo de las victorias

Si fomentamos la competición, sólo nos valdrá la victoria. Lo que uno gana, y otros pierden, lo que exhibe el vencedor con su trofeo no es simplemente la sacrificada disciplina previa a la contienda y toda la estética de la gesta, sino su superioridad sobre los demás, probados perdedores, forzados a relamerse sus heridas con el bálsamo que supone la efervescente experiencia vivida y, de cara a la galería, la posibilidad de poner de relieve el provechoso aprendizaje obtenido en el curso de su extenuante preparación. Seguramente, eligiendo la escala y la materia adecuadas, cualquiera acaba por sentirse superior. Es una actitud estimulante si uno carece de otras, pero es también peligrosa si se transfiere a un personaje y más si se colectiviza. Sucede, además, que el peligro se agrava ya que el deslizamiento de la superioridad física a la moral e intelectual no es tan raro. Todo comienza cuando el individuo o el equipo «superior» representa a una colectividad que se ve reflejada en él y lo adopta como su héroe. Por lo que llevamos visto esa proyección resulta tan ilusionante como productiva. La ilusión procura ahí una producción ideológica de fondo y una rentabilidad política en lo inmediato que para cualquier observador son visibles en la actualidad. El deporte, sin ir más lejos, es un espejo en el que se reproduce el conflicto larvado que alienta este tipo de ilusiones. Mirar a ese espejo es más seguro, desde luego, que contemplar la realidad donde las guerras lo expresan todo de un modo mucho más letal. Cuesta poco ver que desde la grada, o desde el sofá, el espectáculo que ofrece el espejo (la pantalla podríamos decir) genera algunas emociones parecidas en el inocuo caso deportivo y en el bélico. Ni que decir tiene que ese espejo se rompería si llaman a la puerta y te ves enrolado en una guerra que no imaginabas tuya. Como el espejo deportivo ciertamente embauca tanto como emociona, me pregunto si no sería bueno para romper los espejismos escoger entre el público del estadio al azar a alguno de los asistentes para, sin necesidad de ponerlo a la vanguardia de «su» ejército, lanzarlo como representante de la grada a la competición que presenciaba plácidamente. Podría así comprobar por sí mismo en ese campo de batalla de pega el descrédito que supone no triunfar y terminar luciendo ante todos como el gran perdedor, con lo que se vería asumiendo el infame papel de chivo expiatorio. No muy diferente será lo que sentirán algunos de los retornados de los distintos frentes de guerra cargados de medallas, pero con sus heridas de guerra todavía abiertas. Porque, encima, ni siquiera en su caso la victoria les vale, ya que su conciencia no es capaz de asimilar la brutalidad que se han visto obligados a protagonizar. Toda esa amarga realidad, en la que apenas hay vencedores y abundan los vencidos, es lo que queda detrás del espejo. Sin embargo, desde un asiento el deporte tiene la curiosa virtud de diluir las derrotas y exhibir las victorias con la inocencia propia de los engaños felices.

miércoles, 27 de mayo de 2026

De la belleza y la ética

 En su estimable ensayo Heraclés, Juan Gil-Albert, con verbo casi siempre encendido y a veces clamoroso, encuentra el origen de la belleza en «la fascinación de ese irradiar metafísico de las cosas naturales», circunstancia que, si «concurren aptitudes prósperas, da lugar a una norma superior, a la ética». Me detengo en la fascinación de la que admito que pueda llegar a ser despertada por las cosas naturales; más complicada me resulta esa irradiación metafísica que eleva a niveles sublimes la naturalidad. Por otro lado, diría que de la belleza a la ética media un buen trecho, incluso haciéndola transitar por esa armonía tan absorbente que imponen la paz y el orden. A las pruebas me remito para afirmar que la prosperidad espiritual —si de verdad existe algo que pueda ser llamado así— no asegura un desarrollo venturoso e inocuo de la naturalidad, tan propensa a litigios, carnicerías y excentricidades originados por el omnipresente principio de supervivencia. Reunir en un punto central, que siempre será el humano, las virtudes que adornan la buena conducta y que sostienen un criterio ético sería deseable. Eso es lo que esperaría ese mismo individuo de sus congéneres y del mundo en general, pero ya como observador confirmará que no basta la estética que ofrece ese punto tan bellamente adornado para inspirar una norma natural dominante, es decir, una ética en la que se muestre, sin violencia y en todo su esplendor, la naturaleza.

martes, 26 de mayo de 2026

La lente de aumento

 La lente de aumento no sólo desvirtúa la realidad sino que compromete la posibilidad de entenderla y aceptarla. Si al primer humano que vemos, tras nuestra llegada a un país desconocido, es un individuo de musculatura mayúscula, torpe de palabra y de sospechosa intención, tenderemos a compararlo no con nuestras dotes intelectuales, sino principalmente con nuestras facultades físicas sin duda mucho más limitadas que las suyas. Por extensión, eso nos hará suponer, como le pasó a Gulliver, que ese país desconocido representa una realidad aumentada en un sentido tan extraño que nos extraña, que nos relega en la escala a un nivel inferior. Si vamos a otro país y, en cuanto saludamos al primer individuo de apariencia humana, toma éste la palabra para mostrarnos sus amplias capacidades discursivas, su enciclopédico conocimiento y su tremenda agudeza lógica, nos encontraremos en parecida situación a la de quien imagina haber desembarcado en la desaparecida Atlántida, cuya avanzada civilización nos podría enfrentar a una realidad tan incómoda que prácticamente nos excluye, que nos ningunea. No valdrá de mucho analizar y entender que en el primer caso, el atlético digamos, el detonante de la rotunda fachada anatómica es algún cóctel de pociones dopantes. Quizá no lleguemos nosotros, con nuestras modestas medidas físicas, ni siquiera a la media de la población general, pero no le vemos mucho sentido a recrear la realidad magnificando la morfología humana en aras de un mayor éxito olímpico y comercial. No creo yo que sin el apoyo de la lente gimnástica estemos condenados a quedarnos atrás y, aunque así fuera, no debemos tolerar que ese desajuste de la realidad nos convierta en ejemplares subdesarrollados o en simpáticas mascotas para esos nuevos figurones. Y la misma rebelión nos sirve en el segundo caso, el del androide bibliómano, otro atleta para el caso, intelectual esta vez. A poco que investiguemos, sospecharemos de la trastienda que el tipo oculta. No tardaremos en descubirir que lo que oculta es producto del saqueo sistemático de lo que, a través de los medios científicos y culturales, se ha hecho público y ha venido informando nuestra propia realidad. Se pretenderá hacernos creer que el destino de ese expolio ha favorecido el ascenso a otra realidad de rango superior, a cuyas competencias nos deberíamos rendir acomplejados por la obvia vulgaridad de nuestra inteligencia. Pero no tenemos por qué rendirnos en cuerpo y alma a esta clase de atletas por excepcional que sea su rendimiento. Tampoco digo que tengamos que rechazar esa dinámica creciente de la realidad, sólo digo que debemos encontrar medios para que no nos anonade y no acabe generando una excrecencia insensible, sin gran interés en dejar crecer, pero sí en controlar, cualquier manifestación personal o colectiva. Proyectar músculo e inteligencia artificiales parece sobre todo una vía de escape, si no es un ensayo de dominación, sobre todo cuando la realidad básica gira aún en torno a un eje en el que ambas facultades van indisolublemente asociadas a una compleja arquitectura emocional. Y para acabar, ya que estamos con emociones, hablemos de una que es relevante en estos casos, pues hace del ojo el artífice de nuestra visión de la realidad y consecuentemente de nuestra propia valoración personal: la vergüenza. Pregunto: ¿debemos avergonzarnos porque sin microscopio nuestro ojo no es capaz de detectar los virus que nos rondan y amenazan? Y avanzo: ¿debe el ojo resignarse y aceptar avergonzado la comparación interesada con esas réplicas humanas de músculo e inteligencia programadas? Evidentemente, conviene ahí distinguir, el ojo puede requerir asistencia para enfrentar amenazas, lo que no deberíamos imitar es a países como los arriba citados, que nos infunden un evidente sentimiento de inferioridad. El peligro que veo está en que la lente de aumento nos manipule y nos vaya rodeando de una recrecida guardia de ejemplares físicos e intelectuales a los cuales pronto nos veamos obligados a reconocer, desde nuestro limitado ojo, como seres en un principio excepcionales y después providenciales. 

Saber y creer

Titular en la prensa de hoy : X sigue huyendo de lo que todos saben que él cree. Datos aparentemente firmes : X cree en algo. Todos saben en...