martes, 18 de agosto de 2026

Veinte líneas

Aunque parezca lo contrario, nunca me he tomado muy en serio la regla atribuida a Stendhal, según la cual el método más eficaz para abordar la página en blanco sería Vingt lignes par jour, génie ou pas. A mí este tipo de cuentas siempre me resultan sospechosas, irritantes incluso. Supongo que el benevolente consejero (Stendhal quizá) quería animar al incipiente escritor a darse un impulso a fin de lanzarse a continuación a escribir sin complejos, con decisión. Pero ¿por qué veinte y no diecisiete o treintaidós? Esa fijación numérica tiene cierto parecido con la de esas reglas matinales de respiración que establecen para la inspiración contar hasta seis y para la espiración otro tanto. Tirando hacia atrás me viene también a la memoria cuando se medía el tiempo atendiendo a la duración de alguna oración (un padrenuestro, una salve o un rosario). Medir el impulso creativo, o sostener la frágil intención de escribir, mediante un número fijo de líneas (sin determinar los caracteres por línea, por cierto) entra de lleno en esos consejos de autoayuda, que suelen derivar en normas de pacotilla que uno esperanzadamente se impone para superar su ansiedad en su deseo de dejar cerrada y librarse cuanto antes de la redacción de la obra de su vida.

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