domingo, 2 de agosto de 2026

Admitir la duda

No deja de ser sospechoso ver cómo hay quienes siembran todo de sospechas sin otro fin que expandir un régimen de incertidumbre para ir en busca de certezas autorizadas, interesadas y tajantes en vez de de admitir a estudio y acotar con buen criterio, o sea con sana crítica, las dudas que afloran de forma natural.

Un poco de humildad intelectual

Es un signo inequívoco de pequeñez personal erigirse en autoridad, a base de exhibir títulos académicos con aires de superioridad, como si gracias a ellos se perteneciera a alguna clase de nobleza intelectual. Aunque ridícula, la maniobra procura, no cabe duda, provecho y ciertos privilegios. Respaldada por esa flamante categoría social, esta gente no duda en dictar consejos, escogiendo para ello audiencias confundidas por el ruido general. La sensatez y la calidad humana no les incumben, no se expiden en las universidades. Si miramos con atención, vemos que lo que en ellas se avala son ciertas destrezas, fundamentalmente las útiles para que la sociedad (representada en este caso por sus más dóciles miembros) siga su curso sin contratiempos y ofrezca, a través de la administración, unas garantías formales, susceptibles de proyectar una imagen de protección médica así como una sensación de seguridad física. Puede que la universidad no tenga la culpa, pero, en general, demasiada gente utiliza ese altavoz para hablar y no para ofrecer una opinión desinteresada, que llegaría siempre preñada de no pocas dudas, sino para autorizarse a sí mismos como campeones de las ciencias, las letras y todo lo demás en un ejercicio de celebración personal que da grima. En tiempos de difusión universal de los mensajes, la angustiosa búsqueda de foco de esta «aristocracia intelectual» de reciente cuño viene pronto a demostrar la catadura de estos personajes, mariscales inapelables en alguna materia especializadísima, pero al parecer con patente, en virtud de su inteligencia ubicua, para opinar sobre todo lo divino y humano desde el púlpito del que han sido nombrado titulares. Es ya urgente distinguir entre el sabio anónimo, que también existe, y el intelectual orgánico. De estos últimos son legión los que como expertos aparecen en las pantallas decididos a sacarse el sol de la manga para acabar con la niebla de la incertidumbre cada vez que la actualidad requiere echar mano de los académicos. Diría que si de verdad se quiere reconocer las credenciales del sabio y del experto, lo fundamental es hablar con los demás y debatir, a poder ser cara a cara, al estilo socrático, y no simplemente escuchar doctrina desde el sofá. Por eso, no veo mejor modo de encontrar el perfil de cada uno que compartiendo dudas y diluyendo esas certezas que le sirven de caparazón al orgulloso experto. Al final, creo que en todo esto conviene guiarse y seguir la senda de quien camina en busca de verdades sin buscar acólitos, con humildad.

sábado, 1 de agosto de 2026

A beneficio de inventario

Vengo observando que, a medida que pasa el tiempo, acumular conocimiento no te hace más lúcido ni menos crédulo. No podrás competir con las máquinas. Sea cual sea tu conocimiento, ni tus obras, por singulares que parezcan, justificarán tus desvelos, ni tus ideas peregrinas te salvarán del olvido. A los ojos de todos, perderás la carrera. En conclusión, antes de que las imponentes corrientes de opinión arrastren tu cabeza y creas encima que no tenías otro modo de mantenerla a flote, tendrás que plantearte seriamente por qué andas tan extraviado y preguntarte dónde está el fallo si en la obsesiva querencia por acumular, en la engañosa calidad del conocimiento o en tu confortable alineamiento con las máquinas.

De lo curioso a lo válido

Si sólo son curiosidades, por muy imaginativas que sean, no lograrán ofrecer un argumento; a lo sumo crearán una obra divertida o un gran adorno sin nada dentro.

jueves, 30 de julio de 2026

A sus órdenes

Por una vez recibí con agrado su orden. Movía casi a compasión porque había llegado con pinta de estar con resaca, pasando por un mal despertar, en estado de extrema confusión. Me miró fijamente, los ojos vidriosos, y sin dejar de fruncir el ceño tuvo de repente un insólito arranque de sensatez. En tono tajante y en voz bien alta me soltó: «Te prohíbo terminantemente que hagas lo que yo te diga». Como bien mandado, tomé buena nota de ello. Fue luego cuando me vino el lío, porque no sabía si la orden incluía lo que me había prohibido o no.

miércoles, 29 de julio de 2026

Los muertos vivientes

La figura del muerto viviente gozaba de cierta raigambre literaria que en la actualidad se ha visto renovada y prácticamente copada por la irrupción del zombi. Casi todo el mundo está familiarizado con este género poshumano a través de la larga saga de recreaciones cinematográficas aparecidas desde que en 1968 George A. Romero eligiera a los zombis como protagonistas de su película La noche de los muertos vivientes. Con una presencia más silenciosa y menos estridente, el muerto viviente ya habia dejado huella en la literatura, pero hurtándose a la realidad, entre espacios vacíos y abstractos, paseando por arquitecturas tan ideales como desérticas, donde muerte y vida confraternizaban para dar pie a alegorías cuyo carácter resultaba un tanto metafísico. No es que careciéramos de una versión física y tangible de esas alegorías, pues las encontramos escenificadas en arquitecturas de factura clásica y vocación triunfalista cuyo destino no es otro que enaltecer y hacer revivir a los muertos. La propia ciudad en la que vivo posee un patético ejemplo de esta arquitectura de regusto político y aliento totalitario. El monumento al que me refiero mantiene esa inspiración clásica en sus formas, pero en una solución tan tosca y grandilocuente que ofende a la vista. Al fondo de una de las vías más importantes se levanta como un horrible tapón con un título sobre la entrada que en su día quizá hizo vibrar de emoción a los deudos de los aludidos, o sea a los caídos en la cruzada, a los sublevados contra el orden constitucional y la paz civil sería mejor decir, pero que hoy muchos consideramos ofensivo. Esa alianza con la muerte impregna el espacio y vacía de cualquier sentido su interior, salvo el excluyente y punitivo hacia quienes murieron por no secundar la asonada militar. Hasta hace no mucho se pretendía incluso mausoleo y reivindicaba la memoria de los dos generales golpistas con desprecio implícito hacia quienes les habían acompañado en su odiosa aventura. Lo único que cobraba vida era el terrible mastodonte, grotesco símbolo que bastaba con mirar para que te llegara hasta adentro, pidiendo muerte, como un estoque. Sobre este malsano encuentro de lo vivo y lo muerto, que a diario contemplan mis vecinos, se explaya mucho mejor que yo, aunque con argumentos más filosóficos, Lázsló F. Földényi en su ensayo Los espacios de la muerte viviente. En tanto que presentes y ausentes en esos espacios sutiles, sus improbables habitantes, a los que ni siquiera deberíamos calificar propiamente como tales, son descritos por él en unos términos bastante inquietantes. Encerrado en algún suntuoso y dilatado cobijo, cada uno de ellos «vive en un presente continuo que no discurre ni pasa, padece en el tiempo la intemporalidad. Su destino es una inmortalidad perversa.» Sólo me queda añadir, por mi parte, que malograr la ansiada inmortalidad de ese modo, poniendo en permanente malestar, a medio camino entre vida y muerte, lo más propio de nuestra esencia, a saber, esa identidad humana que el tiempo nos concede, más que un premio póstumo es una condena a perpetuidad. En lo que respecta a ese monumento cercano destinado a detener el tiempo en el día de una ignominiosa victoria sólo decir que, cuanto más persiste en pie, más se parece a la morada de unos penosos zombis, y que ningún muerto, pienso yo, se merece semejante albergue.

Tener por seguro lo que no es seguro

El esquema es cada vez más frecuente. En realidad se trata de una fórmula retórica que pretende fijar la errática atención del lector y que consiste en interpelarle con una pregunta muy simple: ¿Es seguro...? y  a continuación se deja caer un verbo relativo a una acción cotidiana y aparentemente inofensiva. Puede ser comer patatas, ducharse con agua fría, tomar café descafeinado o incluso acudir al médico del ambulatorio. Generalmente la duda que se genera apelando a la inseguridad tiene su inmediata resolución en el propio artículo. Mejor comer aguacate que esquilma acuíferos que patatas, ducharse con agua caliente aunque se gaste más energía, pedir café con cafeína que es de más calidad y no contiene residuos cancerígenos y acudir a la medicina privada cuyo pago mensual la hace más fiable. Sorprendentemente estos mensajes, pese a formar parte de una obvia estrategia publicitaria, calan con facilidad entre el público. No digo entre ese público que tiende a sentirse inseguro y que busca protección y longevidad a toda costa, sino en el público en general. Las autoridades exhiben ufanas múltiples órganos de control, principalmente los personificados por las fuerzas del orden, pero nada de esto logra contrarrestar los mecanismos de intimidación que de forma solapada obran en favor del pago por una mayor seguridad, de la que vemos que abarca cada vez más aspectos: alimentación, ocio, educación, sanidad, etc. A cualquiera se le ocurre que la serie de preguntas montadas con ese esquema podría perfectamente finalizar con la siguiente: ¿Es seguro para el equilibrio mental —y para el pecunio propio— seguir leyendo consejos que invitan a pagar con la promesa de obtener más seguridad y mayor bienestar físico?

¿Es anomalía o crecimiento?

Puede que la distorsión provocada por la incursión, no pocas veces fraudulenta, de la inteligencia artificial en las pruebas destinadas a ev...