Por una vez recibí con agrado su orden. Movía casi a compasión porque había llegado con pinta de estar con resaca, pasando por un mal despertar, en estado de extrema confusión. Me miró fijamente, los ojos vidriosos, y sin dejar de fruncir el ceño tuvo de repente un insólito arranque de sensatez. En tono tajante y en voz bien alta me soltó: «Te prohíbo terminantemente que hagas lo que yo te diga». Como bien mandado, tomé buena nota de ello. Fue luego cuando me vino el lío, porque no sabía si la orden incluía lo que me había prohibido o no.
jueves, 30 de julio de 2026
miércoles, 29 de julio de 2026
Los muertos vivientes
La figura del muerto viviente gozaba de cierta raigambre literaria que en la actualidad se ha visto renovada y prácticamente copada por la irrupción del zombi. Casi todo el mundo está familiarizado con este género poshumano a través de la larga saga de recreaciones cinematográficas aparecidas desde que en 1968 George A. Romero eligiera a los zombis como protagonistas de su película La noche de los muertos vivientes. Con una presencia más silenciosa y menos estridente, el muerto viviente ya habia dejado huella en la literatura, pero hurtándose a la realidad, entre espacios vacíos y abstractos, paseando por arquitecturas tan ideales como desérticas, donde muerte y vida confraternizaban para dar pie a alegorías cuyo carácter resultaba un tanto metafísico. No es que careciéramos de una versión física y tangible de esas alegorías, pues las encontramos escenificadas en arquitecturas de factura clásica y vocación triunfalista cuyo destino no es otro que enaltecer y hacer revivir a los muertos. La propia ciudad en la que vivo posee un patético ejemplo de esta arquitectura de regusto político y aliento totalitario. El monumento al que me refiero mantiene esa inspiración clásica en sus formas, pero en una solución tan tosca y grandilocuente que ofende a la vista. Al fondo de una de las vías más importantes se levanta como un horrible tapón con un título sobre la entrada que en su día quizá hizo vibrar de emoción a los deudos de los aludidos, o sea a los caídos en la cruzada, a los sublevados contra el orden constitucional y la paz civil sería mejor decir, pero que hoy muchos consideramos ofensivo. Esa alianza con la muerte impregna el espacio y vacía de cualquier sentido su interior, salvo el excluyente y punitivo hacia quienes murieron por no secundar la asonada militar. Hasta hace no mucho se pretendía incluso mausoleo y reivindicaba la memoria de los dos generales golpistas con desprecio implícito hacia quienes les habían acompañado en su odiosa aventura. Lo único que cobraba vida era el terrible mastodonte, grotesco símbolo que bastaba con mirar para que te llegara hasta adentro, pidiendo muerte, como un estoque. Sobre este malsano encuentro de lo vivo y lo muerto, que a diario contemplan mis vecinos, se explaya mucho mejor que yo, aunque con argumentos más filosóficos, Lázsló F. Földényi en su ensayo Los espacios de la muerte viviente. En tanto que presentes y ausentes en esos espacios sutiles, sus improbables habitantes, a los que ni siquiera deberíamos calificar propiamente como tales, son descritos por él en unos términos bastante inquietantes. Encerrado en algún suntuoso y dilatado cobijo, cada uno de ellos «vive en un presente continuo que no discurre ni pasa, padece en el tiempo la intemporalidad. Su destino es una inmortalidad perversa.» Sólo me queda añadir, por mi parte, que malograr la ansiada inmortalidad de ese modo, poniendo en permanente malestar, a medio camino entre vida y muerte, lo más propio de nuestra esencia, a saber, esa identidad humana que el tiempo nos concede, más que un premio póstumo es una condena a perpetuidad. En lo que respecta a ese monumento cercano destinado a detener el tiempo en el día de una ignominiosa victoria sólo decir que, cuanto más persiste en pie, más se parece a la morada de unos penosos zombis, y que ningún muerto, pienso yo, se merece semejante albergue.
Tener por seguro lo que no es seguro
El esquema es cada vez más frecuente. En realidad se trata de una fórmula retórica que pretende fijar la errática atención del lector y que consiste en interpelarle con una pregunta muy simple: ¿Es seguro...? y a continuación se deja caer un verbo relativo a una acción cotidiana y aparentemente inofensiva. Puede ser comer patatas, ducharse con agua fría, tomar café descafeinado o incluso acudir al médico del ambulatorio. Generalmente la duda que se genera apelando a la inseguridad tiene su inmediata resolución en el propio artículo. Mejor comer aguacate que esquilma acuíferos que patatas, ducharse con agua caliente aunque se gaste más energía, pedir café con cafeína que es de más calidad y no contiene residuos cancerígenos y acudir a la medicina privada cuyo pago mensual la hace más fiable. Sorprendentemente estos mensajes, pese a formar parte de una obvia estrategia publicitaria, calan con facilidad entre el público. No digo entre ese público que tiende a sentirse inseguro y que busca protección y longevidad a toda costa, sino en el público en general. Las autoridades exhiben ufanas múltiples órganos de control, principalmente los personificados por las fuerzas del orden, pero nada de esto logra contrarrestar los mecanismos de intimidación que de forma solapada obran en favor del pago por una mayor seguridad, de la que vemos que abarca cada vez más aspectos: alimentación, ocio, educación, sanidad, etc. A cualquiera se le ocurre que la serie de preguntas montadas con ese esquema podría perfectamente finalizar con la siguiente: ¿Es seguro para el equilibrio mental —y para el pecunio propio— seguir leyendo consejos que invitan a pagar con la promesa de obtener más seguridad y mayor bienestar físico?
martes, 28 de julio de 2026
Viajar ligero
A medida que avanzas no te atreves a pensar en aquello de lo que tienes que prescindir para ir más allá. Cuando por fin lo piensas, te asusta el previsible balance de pérdidas. Más tarde lamentas que el tiempo perdido en conservar te haya impedido ir hacia adelante y que, acomodado entre tus cosas, hayas desatendido el impulso que te hubiera hecho avanzar.
La extraña renovación
Uno no sabe bien a qué carta quedarse: si es mejor estar perdido o ir a la deriva. Al menos perdido crees marchar por el intrincado terreno en que te has metido con la esperanza de encontrar la salida y, mientras aún mantienes tus fuerzas, a ello te dedicas con mayor o menor ahínco. La deriva, sin embargo, representa otra fase que va más con el abandono, la renuncia y la desesperación. Ir en esa dirección es, en cierto modo, como marchar al encuentro con la nada. Es verdad que ambos son estados en que no se vislumbra el dolor, pero en los que, a cambio, parecen vagar a nuestro alrededor figuraciones, fantasmas e imágenes que nos afligen dejándonos una impresión no menor. Una diferencia sensible es que el dolor puede llegar a ser reversible, pero las impresiones que llegan en esos estados generan visiones que nos persiguen, que se instalan en la mente y parecen casi indelebles. De hecho, no es tan sencillo revertir esos estados y, según sea el caso, conseguir salir del atolladero o burlar el sumidero. Nadie sabe a ciencia cierta si ha vuelto realmente de la nada. En el caso de la espesura, uno al menos se abre a la luz y se fija un horizonte esperanzador que le hace creer que ya no está totalmente perdido. En esto conviene, sin embargo, no engañarse, porque ahí puede uno ir a parar a otra fase, aparentemente nueva, de extraña conformidad y dudosa satisfacción. Me refiero en concreto a ese estado de euforia artificial, del que siempre sospechas que debe ser efímero, pero al que te acoges porque te genera expectativas, por más que las adivines falsas o cuando menos vidriosas. Como tampoco hay ahí lugar para la decepción, eso te permite acceder a un limbo confortable. Y sin embargo, aunque imagines que tu vida se ha visto por fin renovada al librarte de anclajes obsesivos, enseguida adviertes que nada de lo que tienes por delante, deseos y proyectos, tiene una clara definición. Entonces es cuando presientes que aquellos estados de derrota te cobraron su peaje y que has vuelto al mundo convertido en un fantasma.
lunes, 27 de julio de 2026
Tendrás que imaginarlo
Es poco lo que puedo decir de él. Dinamismo puro, no tuvo tiempo ni de morir. Lo retuvo un instante el espejo, pero tanta era su energía que se quebró. Escapó de esa muerte y su imagen se perdió. Hoy para el tiempo sólo es un fugitivo. A ti te parecerá que ya no vive, pero él nunca deja de actuar y por ahí sigue.
domingo, 26 de julio de 2026
La falacia del odio reversible
Una vez más, en el ejercicio del poder, se procede a una suerte de involución verbal. Mediante el juego con palabras, lo que pretende ser, sin tapujos, una acción de «saneamiento» ideológico acaba indefectiblemente en paradoja. Lo hemos visto con las ostensibles volteretas que se le vienen dando a ideas que creíamos firmemente reconocidas como la libertad, la igualdad y la fraternidad. Es así como, para pasar al ataque «sanitario» y hacer creer que es pura defensa, el turno le ha llegado al odio. El odio, tal como todos lo entendemos, es unidireccional y el contraodio tiende a ser una maniobra sobre todo defensiva. Desde el poder es sencillo disponer los medios audiovisuales para caldear temas y avivar las llamas en tertulias de medio pelo y filtrando información incierta, descalificadora y generalmente humillante. Por esa vía lo que se fomenta es odio y, cuando sus efectos quedan a la vista, lo que vemos no es medianamente discutible. La novedad es ver a esa misma gente, a los agentes del odio quiero decir, calificando las desavenencias y protestas ante sus desmanes notorios, bien reconocidos, como manifestaciones merecedoras de castigo penal, como delitos de odio. Conviene señalar que, por mucho que quieran, el odio no es reversible, y que su furor progresa demasiado fácilmente cuando se airea desde el poder. Desde ahí se ve el contraodio como ofensa a la autoridad, cuando sólo hay resistencia al señalamiento y al abuso verbal. Para ello le dan la vuelta al odio y a la propia palabra, empleándola como arma oportunista, mediante sus múltiples agentes, a conveniencia. Es de lo más sangrante que alguien como Benjamin Netanyahu acuse al alcalde de Nueva York de promover el odio por declarar que debería de ser detenido por crímenes de guerra para comparecer ante el Tribunal de Justicia Internacional y es terrible que busque la connivencia de su protector americano para tumbar al órgano de justicia que lo persigue.
Ir de juez
Si en tu recurrente y obsesivo escrutinio de las conductas ajenas todo el mundo sale malparado, piensa si no será tu ojo crítico el que está...
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Hay una línea que parte del honor pasa por el deber y, tras desembocar en la obediencia, acaba en una ruta donde se impone la ceguera. Pero ...
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2 que van y 2 que vienen no tienen por qué ser 4.
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A verlas venir es una expresión difícil de interpretar. Hay que mirar a la cara a quien la usa para hacerse una idea de lo que está queri...