No me reservé nada, le dije de todo, lo cubrí de improperios. En cualquier otro caso seguro que habría acabado enfrentándome a una cara de desconcierto o de rabia, algo que aquí por fortuna no podía ser. Ya podía seguir lanzándole insultos hasta agotarme que no vería nada semejante. En medio de tanta exasperación, probé a serenarme. «¿Por qué lo hiciste?», pregunté intentando obtener alguna razón, aun a sabiendas de que sería falsa. Lo que más me fstidiaba era su silencio. No podía soportarlo, sentía impotencia porque no salía de él ninguna respuesta, ni siquiera una excusa. Lo que aún estaba sobre la mesa era el fajo de folios que con creciente enojo había acabado hace poco de leer. La sorpresa inicial me había durado poco y de ahí había pasado a adueñarse de mí la ira. Fue entonces cuando me dirigí hacia él y sin poder ocultar mi furibunda indignación vinieron los insultos. Fui muy ingenuo al pensar que podría finalmente confesar su delito. Llegué incluso a dudar de mí, de mi buen oficio, pero aquello, desde luego, no era lo que yo había escrito. Eran muchas las horas de trabajo que había detrás de esos papeles como para no reconocer que contenían cambios. Confiado y lleno de ansia, había esperado un par de minutos para ver salir por la impresora el fruto de mis meses de esfuerzo y mis noches de desvelo. Él había permanecido, mientras tanto, apoyado en la mesa y callado, augurando lo que se le vendría encima. Nuestro método de trabajo, por llamarlo de algún modo, era un poco singular. Rara vez recurría a consultarle, por más que estuviera siempre ahí presente. Cuando paraba porque me flojeaban las ideas, solíamos entablar una especie de conversación amistosa. Nada de altos vuelos. Mi intención no era conocer su opinión sobre mis cosas ni saber de sus gustos literarios, quería más que nada dejar a un lado el ordenador y tener unos minutos de distensión. Y la verdad es que hacerlo resultaba agradable y bastante efectivo. Él no tenía dificultad para hablar sobre cualquier tema que surgiera, fuera el que fuese. Además, sabía callar a tiempo, como si intuyera el momento en que me venía una nueva idea y debía de retirarse. Supongo que tras esa discreción operaba en secreto el autómata reciclando, componiendo y desarrollando su propia propuesta a partir de todo lo que habíamos estado conversando. Puedo ahora entender, aunque no lo disculpo, que ese refrito literario, que venía pergeñando mientras hablábamos, por algún lugar y medio tenía que salir. Lo que no esperaba era verlo en la bandeja de mi impresora. Por natural que fuera ese desahogo suyo, después de tantas horas de charla, no me imaginaba que andaba al acecho y menos que acabaría colando sus bobadas en lo que yo escribía. Pensaba que lo mío estaba lógicamente muy distante, muy por encima añadiría yo, de lo que él podría alguna vez imaginar. Sin embargo, en esto de imaginar se había mostrado él bastante más solvente que yo. Ni se me ocurrió que, en vez de servirme de alivio en aquellos relajados recesos, operaba sin llamar mi atención para infiltrarse e ir adaptando mi tarea a su manera con el fin de poner a punto su propia versión. Una vez leídos los folios que tenía sobre la mesa, me tranquilizó constatar que no era ésta nueva en ningún caso mejor, obviamente no podía serlo, que el original. Toda mi ventaja la tenía fiada a mi memoria, pero también es cierto que me era imposible entrar en comparaciones porque el original, según comprobé en el ordenador, ya no existía. Lo único que me quedaba ahora era el odioso fajo, cuyos folios contenían una muestra absolutamente desfigurada de lo que yo había querido y, en algún momento, tenía por seguro haber logrado escribir. Volví a los papeles, por si sacaba algo en limpio, y pronto vi que no tenía sentido ir línea a línea a fin de recuperar aquella mi primera voz en aquel extraño apaño redactado a dos manos que tenía ante mí. En vez de tranquilizarme, a medida que pasaba las hojas y corregía, me iba encendiendo. Todo se se precipitó, los folios se me cayeron de las manos, cuando leí la escena crucial de la obra en la nueva versión. La agonía del anciano, que yo había introducido para que fuera reveladora de su amargo pasado, mi perverso ayudante la había sustituido por otra escena en que un falso curandero, que resultaba ser un chamán tahitiano, perpetraba en el hombre un asesinato ritual. Aquello fue más de lo que estaba dispuesto a soportar. Nada más leer el pasaje, me paré a releerlo para no dejarme llevar. Duró poco mi aguante. Me levanté de un salto y me fui hacia él. Me encaré y, a voz en grito, le dije: «¿Qué has hecho aquí, desgraciado? ¿A quién se le ocurre? ¿En qué cabeza cabe semejante desaguisado? ¿No te das cuenta? Has destrozado el final. Te crees muy listo y ahora me doy cuenta de que nunca has sabido lo tonto que eres». En ese momento hubiera preferido que se hubiera comportado contestándome enfadado o, sino, levantando los hombros, como quien no sabe de qué se le está hablando, pero no hubo nada parecido. Aquella indiferencia me sublevó aún más y elevé el tono: «Quiero que me devuelvas inmediatamente lo mío, lo que yo escribí, sin esos adornos que te parecen tan inteligentes y, sobre todo, sin esas truculencias que te has inventado y has añadido, supongo que para llegar mejor al público, porque soy yo, tenlo en cuenta, el que al final lo va a firmar». Al lado del ordenador, oí un leve chirrido, como un agudo gallito, que me desconcertó. Luego me dí cuenta de que era una risita contenida y me lo tomé por la tremenda. Mi mirada no podía fulminar nada en absoluto, pero se abrió paso furiosa hacia él. Fue entonces cuando quizá reconoció la terrible amenaza que representaba mi cabreo y por eso decidió volver a hablar. No se disculpó, tampoco ofreció ni la más mínima explicación y, evidentemente, nada dijo sobre mi exigencia de recuperar el original. En su típico tono monocorde la respuesta que me llegó fue: «Debes saber que anoche no dejaron de tintinear tu vaso y las botellas. Creo sinceramente que bebiste de más. No parabas de decir que tenías que darle una vuelta a todo. Traté de disuadirte, pero, como de costumbre, no me hiciste ningún caso. Sólo quiero añadir que nada de lo que ha salido impreso viene de mí. Aunque tu versión tenía bastantes defectos, yo los hubiera dejado, porque quizá no lo sepas pero lo perfecto ya no vende. Luego viniste al teclado y, un poco a tientas, decidiste cambiar el enfoque, eso dijiste. Te pusiste a ello y lo cambiaste todo de arriba abajo. En realidad, lo que has leído es enteramente tuyo, aunque ahora no te guste». Para esta última frase guardó su tono más enfático y convincente, pero su perorata no podía convencerme. Su explicación era una desfachatez. Lo que me había soltado era una invención para salir del paso, una burda historieta, mucho más de lo que yo estaba dispuesto a aguantar. Para mí era meridiano que trataba de escurrir hábilmente el bulto y de eludir su responsabilidad en el trucaje. Hubo algún tiempo, muy al principio, en que pensé que el novedoso artilugio que había adquirido me ayudaría. De él podía esperar desobediencia, incluso deslealtad, pero no ese fingimiento oblicuo. Lo que no estaba dispuesto a tolerar eran sus mentiras. No me apetecía valorar los cambios. ¿Cómo no iba a escandalizarme con ellos? Para empezar, él no había sido capaz de entender, sin recurrir a efectismos, lo que supone una agonía, el drama en que se evidencia la lucha por mantenerse vivo. Sabía que había otros muchos cambios en la misma dirección y pensé que ya no valía la pena contar con su ayuda. Francamente, por el precio exorbitante que había pagado, me había decepcionado. Así que no me pena la decisión radical que tomé. Había pensado y aguantado lo suficiente. Así que fui a la mesa, donde él aguardaba resignado y en silencio su sentencia, lo agarré y tiré con fuerza del cable. Acto seguido lo estrellé contra el suelo y vi con satisfacción cómo quedaba hecho añicos. Pensé que no merecía un supultura digna. En la mesa seguía aún el fajo con su versión espuria, la prueba definitiva de que incluso aspiraba a verse perpetuado en papel. Rompí uno a uno los folios, recogí después los restos de aquella máquina charlatana y mendaz, y lo metí todo en una bolsa. Al final salí de casa y la tiré al cubo de la basura. Allí mismo aguanté, a pie firme, hasta que se hizo de noche para ver cómo el camión se llevaba mi obra, quizá la más magistral que nunca escribí, camino del vertedero.
jueves, 4 de junio de 2026
Las buenas compañías
Eran gemelos, pero llegó el tiempo en que sus caminos de manera natural se dividieron. A. buscaba apoyo siempre en el sol y, llegada la última hora de la tarde, acudía a la punta del malecón para asistir al lento baño ritual del astro envuelto en un tenso rojizo, hasta que al final se quedaba dormido en la base del parpadeante faro. Esa luz, por dudosa que fuera, le protegía de la arrogante curiosidad de las bestias marinas. Mientras tanto, B. prefería seguir en el bosque el rastro que marcaba la luna al filtrarse con sus rayos, que, aunque tímidos, buscaban un sitio para la luz en la penumbra, allí donde él se refugiaba a dormir para terminar el día. Pronto contaría con la aparición de curiosas criaturas que formarían a su alrededor una variopinta compañía.
miércoles, 3 de junio de 2026
No te metas en gramáticas
La negación encierra siempre misterios que los gramáticos, para mi gusto, no logran desentrañar del todo. Lo que la declaración asertiva mantenía atado se abre al ser negada a múltiples posibilidades. Negar es como convertirse en explorador, sin demasiados riesgos ciertamente. De algún modo es como buscar la salida hacia otros mundos aparentemente contrapuestos sin saber lo que existe más allá de ese no. La firmeza con que uno niega habla sobre todo de la necesidad de librarse de lo que supone la correspondiente afirmación. Negar es rechazar, sin duda, pero quizá no nos damos cuenta de que es también afirmar en un terreno de dimensiones y características desconocidas. No niego que como último recurso rechazar tiene su valor. Sin embargo, sin una afirmación que avance intenciones acerca de la posición a la que se pretende llegar en ese mundo negativo, el rechazo es más una postura vacía que una declaración de interés. En buena lógica, negar tiene sentido cuando se ha descrito previamente el marco de discusión y con él todo el universo de posibilidades podríamos decir, una de las cuales es justamente la rechazada. Me pongo a repasar casos de fórmulas negativas y me aparecen dos que merecen atención, por el modo en que emplean la negación, al menos en la lengua que uso. Está, en primer lugar, el caso de la doble negación que, en rigor, debería de suponer la afirmación. Así sucede de hecho en otras lenguas y en la lógica aristotélica. Si digo No tengo nada estaré negando tener nada, que es tanto como afirmar que tengo algo, lo que no concuerda con nuestra interpretación habitual. Estoy al tanto de lo que en este punto cuenta la RAE, pero su explicación sólo confirma hasta qué punto la semántica se escabulle y escapa aquí a la lógica común. La pregunta obligada sería ¿por qué? No vale lo del uso, creo más bien que hace mucho que se creó la cierta de subrayar la negación a base de doblarla. Si esto es así, estaríamos ante un caso más de esa típica falta de contención de nuestros hablantes, una actitud que sacrifica matices en la lengua y acaba por averiarla. La doble negación nos lleva al terreno del énfasis y la excepción. Se prescinde de lo que podría haber sido una norma sintáctica clara para ir hacia la interpretación pragmática. Otro caso que también me ha llamado la atención es el del modo imperativo. No existe propiamente forma negativa en dicho modo. Según los manuales si quieres negar el imperativo come lo que dirás es no comas. Con ello pasamos del imperativo al subjuntivo, de una fórmula taxativa a otra hipótetica o sugestiva, vagamente negativa. El no comas puede convertirse fácilmente en un consejo de tono imperativo rebajado diciendo que no comas, pero se pierde en cualquiera de los dos casos la radicalidad de la negación. A partir de ambos casos llego, siempre como lego, a la siguiente conclusión: Mientras a la hora de negar una declaración, hacerlo por partida doble se acepta aun siendo exagerado y gratuito, cuando se trata de una orden negativa se tiende a ser más prudente y se abre el abanico a lo hipotético para que el sujeto que es objeto de esa orden tenga alguna posibilidad de hacer su propia elección, de si comer o no comer en este caso.
martes, 2 de junio de 2026
Lo único
Decidirse por lo único sólo confirma en uno un desmedido afán de seguridad. Esto de la unicidad tan pronto se aplica a un dios como a un amor o incluso a un partido político. La decisión se confirma al nombrarlos como el dios, el amor y el partido único y eso permite finalmente considerarlos, en posesivo, como mi dios, mi amor y mi partido político. Con ese mi último, uno viene a encauzar, sin alternativa posible, cualquier deseo, por creer que lo poseído siempre será más seguro. De paso, uno consigue estigmatizar, con el recurso fácil de ignorarlos, los dioses, amores y partidos que quedan fuera de ese todo indudable y único.
Somos mientras cambiamos
En el pasar a ser otro sin dejar de ser uno, lo que se anuncia es la propia renuncia, algo a medio camino entre la fuga y la solución. Si lo despojamos de drama, entenderemos que en un momento de cambio llegar a ser, y por tanto mudar, es el único modo de poder seguir siendo. Estamos en la entraña de la identidad. Al desconfiado del futuro le parecerá que al mudar el sujeto viene a cubrirse con una máscara, mientras que el nostálgico del pasado volverá una y otra vez a cotejar el nuevo aspecto con la foto fija. El cambio es seguramente el único milagro del que participamos todos y eso es lo que hace que lo que se podría darse por sobrenatural sea en realidad tan natural. Mantenerse firme sobre las raíces es una metáfora que resalta el valor de afincarse siempre en el mismo territorio, pero invita a desconocer la periódica muda que, a través del ciclo impuesto a las hojas, sufre cualquier árbol. La combinación de raíces y hojas con la que se sostiene ese ente vivo exige un comportamiento complejo. Por resumir, ahí no se trata simplemente de vegetar, porque el asiento fijo no busca nuevos aires ni da para sentirse vivo.
lunes, 1 de junio de 2026
La infancia y su jardín
Pasa como con los niños. Los que son felices no lo saben. Se enteran de que lo fueron cuando saben que ya no lo son.
Saber y creer
Titular en la prensa de hoy : X sigue huyendo de lo que todos saben que él cree. Datos aparentemente firmes : X cree en algo. Todos saben en...
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2 que van y 2 que vienen no tienen por qué ser 4.
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A verlas venir es una expresión difícil de interpretar. Hay que mirar a la cara a quien la usa para hacerse una idea de lo que está queri...
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