viernes, 7 de agosto de 2026

Llegan los reencarnados

Hasta hace poco teníamos ahí mismo, en las pantallas, a los zombis. No era algo que nos preocupara demasiado porque pertenecían a otro mundo y además tenían un aspecto tan desastrado que serían inconfundibles al entrar en el nuestro. Llegaron luego los renacidos, toda esa gente que se resistió, dando muestras de gran coraje, al trauma irreversible de la muerte y a los que celebramos como campeones de la supervivencia. No pasa lo mismo con los de la nueva ola que ahora nos viene. Me refiero ese nuevo género, marcadamente poshumano, formado por los reencarnados. Si por algo son más problemáticos éstos es porque son más difíciles de distinguir. No obstante, hay en ellos cosas que, como no nos cuadran, acaban por evidenciarlos. Si es verdad  que son resurgencias del pasado, lo primero que habrá que hacer para reconocerlos es buscar a los que con esas miras habitan entre nosotros. Como, por lo que se dice, han vuelto desde otros tiempos a hacerse carne, o sea como se han reencarnado, podemos suponer que serán gente resabiada. Teniendo en cuenta que han vivido otras vidas, serán de ésos que ya parecen sabérselas todas. Por lo tanto, a ellos no puedes esperar sorprenderlos con simples esperanzas. Al final, sesgos como los suyos son fácilmente detectables, cualquiera los debe saber reconocer. Un primer detalle es que, como agotaron su cuota de emociones en su vida pasada, parecen ahora perplejos ante cualquier cosa que signifique novedad. De lo nuevo nada esperan. A cambio, lo que los vientos cambiantes les traen de otros tiempos, a ellos les estimula. Aunque parecen alérgicos a lo nuevo, celebran que el cielo se pronuncie y que todo se renueve de arriba abajo. No atienden si la renovación va de abajo arriba, les importa la dirección. La del primer tipo restituye, según dicen, la atmósfera cordial y el espíritu ecuménico de siempre. Encuentran que se recrea un ambiente familiar y confiesan que hace correr el único aire capaz de traerlos de nuevo a la vida y de reponerles sus viejas facultades y dominios. En realidad, lo que recuperan no es otra cosa que un conjunto de formas de vida y hasta de creencias podríamos decir. Con esas antiguas maneras, demuestran, más que nada, que no están dispuestos a sintonizar con el mundo en el que, como reencarnados, se ven obligados a vivir. A veces parece incluso como si esos nuevos aires los iluminaran especialmente y eso les concediera una curiosa y discutible autoridad. Tampoco es raro verlos fungir como maestros en augurar futuros, dando así a entender que, por venir directamente del pasado, lo tienen visto todo. Relacionado con esto, hay otro punto que los delata: albergan idea de que, aunque de carne y hueso como todos, forman un grupo distinguido, pero apenas distinguible. Se podría decir que ellos viven su nueva vida no como una prórroga sino como un experimento repetible a lo largo del tiempo. Tienen vocación de inmortales. Llegan al experimento con la sensación de que la vida está en deuda con ellos y de que debería ofrecerles la ventaja de la que no gozaron en sus anteriores vidas. Cuando eso no sucede, prefieren retirarse a un estado letárgico, en el que permanencen agazapados, a la espera de que llegue su primavera. A todos nos gustaría que fueran más explícitos, más evidentes, que sacaran su particularidad a la luz, aunque a veces los imaginemos refugiados bajo sus capuchas desfilando en procesión. De hecho no son tantos, pero es temible saber que esa facción permanece entre nosotros a la espera de subirse al caballo ganador un día para lanzarse contra quienes creen que formamos una raza menor de edad. El ciclo cuya repetición dicen observar atentamente es el de la degeneración. En tanto que reencarnados, ellos se ven como la última esperanza de cara a regenerar el pasado y reconducir el tiempo, aunque eso suponga para nosotros el secuestro de cualquier futuro. No olvidemos que estos tipos son viajeros del tiempo y que lo que buscan con sus acciones es extender su influencia por toda la escala temporal. No les interesa tanto el espacio tridimensional, formado por vectores demasiado flexibles y sensibles a las conveniencias, lo que les interesa es hacerse con el tiempo. Así que hay que estar alerta con ellos. Vamos viendo últimamente, por ejemplo, cómo cultivan sus pretensiones hegemónicas infiltrando sus máquinas futuristas, a las que presentan como agentes avanzados, aunque estén realmente dedicadas a explotar nuestro futuro en su beneficio. Esa hegemonía nos llega envuelta en tonos celestiales, pero lo que sugiere ese aire plácido es tan temible que nosotros, los encarnados en primera gestación, los humanos habría que decir, sólo podemos verla como la condena definitiva a una absoluta degradación, basada en una estabilidad paralítica y una moribundia atroz.

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