martes, 7 de julio de 2026

Importancia de los pies

En cuanto se apodera de nosotros la angustia, sentimos que algo tira de nuestro mentón hacia abajo y nos obliga a fijar la mirada en el suelo, temerosos de que ya no marchemos seguros ni sobre nuestros propios pies.

lunes, 6 de julio de 2026

Panduro

Sin razón, sin emoción, pero sin dudas, el director, don Adolfo Panduro, aprovechaba siempre la menor ocasión para sembrar con sus estrictas órdenes el desconcierto entre los propios y el descontento en los extraños. Con un hilo de voz monocorde emitía, a través de potentes altavoces, consignas que eran prontamente secundadas por su disciplinada parroquia. Su gente daba por supuesto que de su inteligencia excepcional, muy superior en cualquier caso a la de todos ellos juntos, emanaban decisiones claras, capaces de arrasar cualquier crítica. Nada ni nadie lograba oponerse al siniestro programa de igualación intelectual con el que iba ampliando el número de sus oyentes. Sinceridad no le faltaba a la hora de presentar éste y otros objetivos, frente a los cuales la respuesta de sus seguidores era prácticamente inofensiva y la del resto casi irrisoria. Vigilando en todo momento desde el umbral del misterio, don Adolfo apenas se dejaba ver. Era terriblemente celoso de su imagen, la cual permanecía a todos los efectos oculta, como si la megafonía le sirviera de  infranqueable telón. Aun así, bastaba oír aquella voz, alterada para darle un tono juvenil, para percibir una seductora desenvoltura que llevaba a su gente, no sin abierta resignación, a cumplir con sus delirios. Era remiso a presentarse, porque su primeros contactos con la sociedad nunca fueron fáciles. Decía Panduro provenir de una vieja saga de astutos pastores de las tierras altas. Al parecer, había sido criado bajo duras condiciones en una pequeña chabola metida entre el bosque y las brumas montañosas. En cuanto consiguió cierto ascendente, cabe suponer que tendería a ver a quienes le seguían como parte de un rebaño de gente a la que, asustada por las alimañas de montaña, había logrado convencer de que sera su mejor defensa. La probada fidelidad y el talante ovejuno de estos primeros acólitos hacían que nos les pesara la servidumbre. Su conducta obediente y su discreto parecer los hacía propicios y sensibles a sus palabras, siempre terminantes y efectivas. Puestos a oír eran bastante diligentes, pero si de juzgar se trataba, aplazaban su opinión y preferían remitirse al veredicto de don Adolfo. Por enmarañados que fueran, los problemas no eran tales teniendo en cuenta que siempre encontraban en él la correcta respuesta. Más que pensar, hábito ya trasnochado, de hecho sólo subsistente entre los fanáticos lectores de libros y gacetas, la nueva costumbre era esperar a que sobre cualquier cuestión se pronunciara aquella metalizada y penetrante voz suya. La gran virtud, puede que la única, de Panduro es que proponía salidas, soluciones y remedios bien sencillos y que, a cambio, sólo pedía que se cumpliera lo que su mente privilegiada determinaba. Acogidos a esa dirección magistral, sus seguidores prestaban con gusto su oído a las fórmulas salvadoras, a los cuentos gratificantes y, de vez en cuando también, a sus recetas suculentas. Con él la sociedad no necesitaba de leyes disuasorias, pues bastaban sus consejos siempre directos, oportunos, inapelables. Dentro de este ambiente de confianza paternal que los megáfonos creaban, era muy de agradecer que siempre hubiera y nunca faltara una rebanada de pan con algún complemento junto al amplificador. No es detalle menor y era muy celebrado que a quien acudía a su consulta, además de acabar bien alimentado, todo le salía a pedir de boca. Don Adolfo se había convertido en leyenda, no tanto por su inteligencia, tan metálica y resonante como su voz, como porque allí nunca faltaba su sustancioso pan, pan algo duro de roer para algunos, pero pan seguro al fin.

domingo, 5 de julio de 2026

Del amor físico

Dicen que el amor nos hace dóciles. Pero también dicen que al principio el amor nos incendia; la sesera, se entiende. Y que de ahí pasa a convertirnos el cuerpo entero en materia ardiente. Los más locuaces son los que dicen además sentir como si un tizón les removiera las entrañas. Añaden ellos, asombrados, que en ese azogue todos sus órganos, del corazón a los pulmones y del diafragma para abajo, se van rindiendo y hasta parecen precipitarse sin temor al fuego. Hay otros, sin embargo, que consiguen aliviar ese fogueo imaginando ingenuamente que son mariposas las que se agitan y tratan de escapar de ese siniestro. Aunque no viene ese remedio en los libros, aseguran que, cuando el aleteo insiste, nuevos aires ascienden para refrescarles la mente. Y es allí donde fructifica la idea de que es el amor lo único capaz de llevarles su cuerpo hasta la frontera. Incluso, por momentos, sienten haberla franqueado con sólo ver cómo la carne se consume palpitante en esa pasión candente.

viernes, 3 de julio de 2026

El presunto

Una vez visto lo visto, si el prejuicio ha dirigido el juicio, al que actuaba sobre el estrado habrá que considerarlo un presunto juez. 

Horizontes difíciles

Se dice, o nos cuentan más bien, que pronto todo el mundo se concentrará en ciudades, mayormente en las de más tamaño. Esa tendencia a la concentración me lleva a una comparación de la que espero que no suene demasiado gratuita e improcedente. Con ella no quiero enmascarar la crueldad y los crímenes perpetrados en lo que conocemos como campos de concentración, pero hay algunos rasgos de ese régimen despiadado que se han filtrado en aquellos lugares donde la gente se concentra. Debidamente edulcorado y sin sus consecuencias letales, algo de eso resurge, sin ir más lejos, en nuestras ciudades, a las que denominar bases de concentración urbana. Si me muestro tan severo con ellas es porque ha sido mucho lo que prometían. Después de pasar por aquella época en que los castillos y sus señores suponían la única garantía de supervivencia en un medio hostil sembrado de guerreros, forajidos y animales, nacieron como espacios donde veríamos siempre protegidos nuestros derechos y estaríamos a salvo del miedo que infundía permanecer en campo abierto. Pero concentrarse supone también aceptar, por contrato social o por imposición legal, una disciplina más o menos rígida. Las urbes pueden parecer hoy los casos más inocuos de concentración humana, pero sabemos que alrededor de su centro aparecen barrios inhabitables, reductos para excluidos, ilegales y migrantres e incluso campos de reeducación, por no hablar de las cárceles para delincuentes, tanto más atestadas cuanto más baja es la condición de sus reclusos. Igualmente variable es el grado de disciplina que en cada uno de esos lugares se impone. Donde el dinero florece son tan ligeras las reglas que se crea la ilusión de una libertad casi absoluta, pero donde falta asoman las aristas y se distinguen con claridad los muros que dividen el gran cuartel.
Del plano analítico, que con frecuencia me cansa por lo inútil del devaneo, me voy a intentar pasar, sin perder de vista la ciudad, al plano poético, ariesgándome de este modo a ponerme en ridículo. Lo que pasa es que, mal que bien, las metáforas ayudan a veces a aliviar la desazón y eso es lo que ahora mismo me importa. Primero me voy a fijar en el personal que patea las calles. Son muchos los que circulan perdidos, a su suerte, condenados sin posibilidad de salir y sin ánimo suficiente como para aguantar el encierro al que en la práctica se ven sometidos. Buscan infructuosamente el centro, que es donde se encuentra el poder, siempre demasiado lejano para ellos. Eso les hace merodear como animales concéntricos, orbitando en torno a ese punto cuya situación realmente desconocen. Ese constante transitar les hace olvidar la cautividad que padecen. Del centro de la ciudad, del poder que detenta, puede decirse que sostiene la terrible figuración que la ha venido conformando. Siendo la protección que ofrece ilusoria, uno no se puede sentir dominador de nada en medio de la ciudad. Sólo tiene que mirar cómo en torno a sí emergen edificios gigantescos como monstruos, custodios y reflejos del oscuro poder que los preside todo. Los levantan como retos, pero con el tiempo más parecen torres de vigilancia destinadas bloquear nuestros deseos. Rodeados por ese cerco, apenas conseguimos respirar el aire sereno de los campos y las montañas, un paisaje que queda poco a poco olvidado más allá de los oscuros muros que se imponen verticales por todas partes. Uno se pregunta que fue de aquellos horizontes que profundizaban la vista y la alargaban hasta el infinito.Se lo pregunta ahora que sólo tiene ante sí una oscura y arrogante línea quebrada en la que va quedando resumida una lamentable enseñanza: cuando el poder concentrado manifiesta su soberbia lo que pretende es castigar a sus reclusos a la ceguera. 

miércoles, 1 de julio de 2026

No me gusta el pajarito

He preguntado un par de cosas a ChatGPT y puede que ya no me apetezca parecer inteligente. Temo que si lo intento se me acabe considerando una vieja máquina dubitativa, como de segundo nivel. Así que sólo veo que me quedan dos salidas, y no digo para progresar, pero sí al menos para resistir: la imaginación y la ignorancia.

Ejercicios

En el ejercicio del poder:
La moral no rinde frutos, el miedo sí.
En el ejercicio de creer:
La tierra nos confunde, el cielo nos humilla.
En el ejercicio de conocer:
La duda se presenta, el rigor nos salva.
En el ejercicio de escoger:
El deseo nos cautiva, el bien se oculta
En el ejercicio del deber:
El silencio da poco brillo, el vocerío mucho.
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Saber y creer

Titular en la prensa de hoy : X sigue huyendo de lo que todos saben que él cree. Datos aparentemente firmes : X cree en algo. Todos saben en...