El fallecido está registrado. Dice el certificado: Muerto de pena. Hay que validar la casilla 612. Después, ir a la 613, ésa que pone Período de incubación. Incubación, así dice. Sí, es complicado de calcular. Años, meses... A ojo, sin más. Luego, para acabar está la 614, Causa aparente, donde se puede elegir entre lo siguiente: Genética, Traumática, Inadaptación, Degeneración, Otra. No merece la pena darle mayor importancia a todo esto. Lo manuscrito no lo tiene en cuenta el lector automático. A la hora de rellenar el impreso, sí es importante no confundir esta categoría con la de Muerto de asco para la que aparecen las correspondientes casillas 658, 659 y 660.
jueves, 6 de agosto de 2026
lunes, 3 de agosto de 2026
Dos líneas de acción
Hay una línea que parte del honor pasa por el deber y, tras desembocar en la obediencia, acaba en una ruta donde se impone la ceguera. Pero también hay otra que se basa en la dignidad, se alimenta del respeto y procura una franqueza que permite a uno sentirse dueño de sí y en libertad.
El tormento del soldado
Dime Benjamin cómo contarás a tu abuelo Jacob, que presenció en los campos de la muerte crímenes incontables, que el brillo trémulo de la estrella de David ha acabado por ser tan fugaz que sólo te ha servido para avistar los campos madianitas y entrar allí armado como Gedeón sin más fin que exterminar como animales, en nombre del Jehová vengativo, a más de quince mil niños inocentes.
domingo, 2 de agosto de 2026
Admitir la duda
No deja de ser sospechoso ver cómo hay quienes siembran todo de sospechas sin otro fin que expandir un régimen de incertidumbre para ir en busca de certezas autorizadas, interesadas y tajantes en vez de de admitir a estudio y acotar con buen criterio, o sea con sana crítica, las dudas que afloran de forma natural.
Un poco de humildad intelectual
Es un signo inequívoco de pequeñez personal erigirse en autoridad, a base de exhibir títulos académicos con aires de superioridad, como si gracias a ellos se perteneciera a alguna clase de nobleza intelectual. Aunque ridícula, la maniobra procura, no cabe duda, provecho y ciertos privilegios. Respaldada por esa flamante categoría social, esta gente no duda en dictar consejos, escogiendo para ello audiencias confundidas por el ruido general. La sensatez y la calidad humana no les incumben, no se expiden en las universidades. Si miramos con atención, vemos que lo que en ellas se avala son ciertas destrezas, fundamentalmente las útiles para que la sociedad (representada en este caso por sus más dóciles miembros) siga su curso sin contratiempos y ofrezca, a través de la administración, unas garantías formales, susceptibles de proyectar una imagen de protección médica así como una sensación de seguridad física. Puede que la universidad no tenga la culpa, pero, en general, demasiada gente utiliza ese altavoz para hablar y no para ofrecer una opinión desinteresada, que llegaría siempre preñada de no pocas dudas, sino para autorizarse a sí mismos como campeones de las ciencias, las letras y todo lo demás en un ejercicio de celebración personal que da grima. En tiempos de difusión universal de los mensajes, la angustiosa búsqueda de foco de esta «aristocracia intelectual» de reciente cuño viene pronto a demostrar la catadura de estos personajes, mariscales inapelables en alguna materia especializadísima, pero al parecer con patente, en virtud de su inteligencia ubicua, para opinar sobre todo lo divino y humano desde el púlpito del que han sido nombrado titulares. Es ya urgente distinguir entre el sabio anónimo, que también existe, y el intelectual orgánico. De estos últimos son legión los que como expertos aparecen en las pantallas decididos a sacarse el sol de la manga para acabar con la niebla de la incertidumbre cada vez que la actualidad requiere echar mano de los académicos. Diría que si de verdad se quiere reconocer las credenciales del sabio y del experto, lo fundamental es hablar con los demás y debatir, a poder ser cara a cara, al estilo socrático, y no simplemente escuchar doctrina desde el sofá. Por eso, no veo mejor modo de encontrar el perfil de cada uno que compartiendo dudas y diluyendo esas certezas que le sirven de caparazón al orgulloso experto. Al final, creo que en todo esto conviene guiarse y seguir la senda de quien camina en busca de verdades sin buscar acólitos, con humildad.
sábado, 1 de agosto de 2026
A beneficio de inventario
Vengo observando que, a medida que pasa el tiempo, acumular conocimiento no te hace más lúcido ni menos crédulo. No podrás competir con las máquinas. Sea cual sea tu conocimiento, ni tus obras, por singulares que parezcan, justificarán tus desvelos, ni tus ideas peregrinas te salvarán del olvido. A los ojos de todos, perderás la carrera. En conclusión, antes de que las imponentes corrientes de opinión arrastren tu cabeza y creas encima que no tenías otro modo de mantenerla a flote, tendrás que plantearte seriamente por qué andas tan extraviado y preguntarte dónde está el fallo si en la obsesiva querencia por acumular, en la engañosa calidad del conocimiento o en tu confortable alineamiento con las máquinas.
De lo curioso a lo válido
Si sólo son curiosidades, por muy imaginativas que sean, no lograrán ofrecer un argumento; a lo sumo crearán una obra divertida o un gran adorno sin nada dentro.
Ir de juez
Si en tu recurrente y obsesivo escrutinio de las conductas ajenas todo el mundo sale malparado, piensa si no será tu ojo crítico el que está...
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Hay una línea que parte del honor pasa por el deber y, tras desembocar en la obediencia, acaba en una ruta donde se impone la ceguera. Pero ...
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2 que van y 2 que vienen no tienen por qué ser 4.
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A verlas venir es una expresión difícil de interpretar. Hay que mirar a la cara a quien la usa para hacerse una idea de lo que está queri...