El circo representa para mí una de las más lamentables pérdidas que nos ha traído el cambio de siglo. Aquella presencia en la pista de acróbatas, forzudos, malabaristas y payasos, con sus arriesgados y emocionantes números, se echa en falta. Desde los medios de comunicación se hace lo posible por encontrarle sustitutos. Sin embargo, aunque piensen lo contrario, el panaroma que ofrecen tiene poco de festivo. En la programación, concursos de descerebrados, deportes de riesgo y tertulias destempladas de intrigantes y resabiados hay de sobra, y de todos los tonos y colores. Pero, aun así, todo lo que dan parece inútil. A ver, no digo que nos devuelvan a Arlequin, Pantaleón, Pierrot o Colombina. No pido tanto. Me conformaría con que, en los informativos, esos portavoces parlamentarios, que intentan emularlos usando el hemiciclo, no caigan con sus torpes payasadas retóricas, carentes de toda gracia, en el más ofensivo de los ridículos.
viernes, 14 de agosto de 2026
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